GRACIAS D. JUAN.
BIENVENIDO D. ANDRÉS
LA REVISTA ANTIOQUÍA RECOGE EL TESTIMONIO DIACONAL DE MANOLO RICO.
Con el comienzo del nuevo curso se ha producido el relevo generacional en el equipo de sacerdotes formadores del proceso de formación al diaconado permanente de nuestra Diócesis.
D. Juan GARCÍA CARRILLO, que hasta ahora era nuestro director espiritual y formador desde sus inicios del equipo diaconal, nos transmitía su intención de dejar su cargo por razones de salud.
Queremos, desde este foro, dejar constancia de nuestro profundo agradecimiento a tantos años de entrega y generosidad para con esta tarea pastoral pidiendo a Dios que le recompense abundantemente por tanto bien producido por el acompañamiento vocacional de cada uno de los aspirantes y diáconos, así como por su compromiso por la implantación y desarrollo de esta la realidad diaconal en nuestra Diócesis. Oramos, igualmente, por su pronta mejoría y pedimos a nuestra Santísima Madre que interceda por todas sus intenciones.
También queremos dar nuestra más fraternal bienvenida a D. Andrés SEGURA MOYA que se incorpora al equipo de formadores para relevar a D. Juan que pasa a situación de retiro.
A nuestro compañero y hermano en el diaconado Manolo RICO TEBA, le ha sido publicado un artículo testimonial en la revista de Antioquía que vamos a reproducir íntegramente en este foro dado lo oportuno de su contenido y el interés de la temática para conocimiento general de nuestra realidad vocacional y familiar.
El Diaconado Permanente:
Un regalo que me ha acercado a Dios y a las
personas
Pienso que el diaconado permanente no es algo que se pueda explicar solamente desde documentos, normas o las funciones que corresponden a un diácono. Todo eso es importante y necesario, pero hay una parte que solamente se puede entender solo cuando se vive, y es la experiencia de sentirse llamado a servir a Dios estando muy cerca de las personas. Y eso es, precisamente, lo que estoy descubriendo y viviendo.
No pretendo escribir estas líneas para explicar lo que debe ser el diaconado permanente, ya llevo más de un año explicándolo, hay muchas dudas sobre este ministerio. Y mucho menos para defenderlo. Quiero simplemente compartir mi experiencia, porque quizá contar cómo lo estoy viviendo pueda ayudar a comprender un poco mejor este ministerio que, para mí, ha sido uno de los regalos más grandes que el Señor me ha hecho a estas alturas de mi vida.
Cuando uno recibe la ordenación, sabe que empieza una nueva etapa de su vida. Uno ha estudiado, ha recibido una formación, ha reflexionado sobre la vocación y ha escuchado muchas veces qué significa ser diácono. Pero una cosa es saberlo y otra cosa muy distinta es vivirlo y sobre todo experimentarlo.
He descubierto que el diaconado permanente me ha colocado en un lugar privilegiado, el de estar cerca de la vida de las personas. Y digo privilegiado porque el diácono tiene la posibilidad de entrar de distintas formas en la vida de una familia.
Un día estás junto a unos padres que llevan a su hijo a bautizar. Otro día acompañas a una pareja que se prepara para casarse. En otra ocasión compartes con unos jóvenes sus dudas, sus inquietudes, sus búsquedas y también sus heridas. Y también llega ese momento en el que una familia te llama porque acaba de perder a un ser querido y necesita que estés allí.
Y, en medio de todo esto, está la celebración de la Eucaristía, la Santa Misa. Estar junto al Altar del Señor, proclamar el Evangelio y poder predicar la Palabra de Dios es para mí uno de los momentos más importantes de mi ministerio. Porque no se trata simplemente de hablar ante una comunidad, sino de intentar que la Palabra que primero ha tocado mi corazón pueda llegar también al corazón de quienes la escuchan.
Alegría, dolor, esperanza, dudas, enfermedad, ilusión, miedo, fe... la vida en todas sus dimensiones. ¡Y ahí está el diácono!
No como alguien que viene simplemente a realizar una función o un trabajo, sino como alguien que quiere acompañar, escuchar y servir. Para mí, esta cercanía con la gente está siendo una de las experiencias más bonitas del ministerio.
Con el tiempo he ido comprendiendo algo que quizá antes no veía con tanta claridad, lo escuchas muchas veces pero no lo había experimentado, cuando uno se acerca a las personas muchas veces termina encontrándose con el Señor. Y esto lo he vivido especialmente en las situaciones de dolor.
Cuando acompañas a una familia que acaba de perder a un padre, a una madre, a un hijo, a un hermano... no hacen falta muchas palabras. A veces basta con estar. Escuchar. Dar un abrazo. Compartir el silencio.
También lo he experimentado en la celebración del matrimonio, cuando ves la ilusión de dos personas que comienzan una vida juntos; en los bautismos, cuando unos padres ponen a su hijo en manos de Dios; en los jóvenes, cuando descubres que detrás de muchas preguntas aparentemente alejadas de la fe hay un corazón que está buscando.
Todo esto me ha ayudado a comprender que mi ministerio no consiste solamente en hablar de Dios a la gente. La mayoría de las veces consiste en descubrir a Dios presente en la vida de la gente. Y eso me está enseñando y ayudando mucho.
Quizá una de las palabras que más identifican al diácono permanente sea “servicio”, esta es la palabra clave, es la piedra angular del ministerio. Pero también he descubierto que servir no significa simplemente hacer cosas. Servir significa estar disponible. Significa acercarse a quien necesita que alguien lo escuche. Significa acompañar a una familia cuando la vida se le ha puesto cuesta arriba. Significa compartir la alegría de quienes empiezan un nuevo camino. Significa estar con los jóvenes sin juzgarlos. Significa acompañar a las personas mayores, a los enfermos, a quienes viven solos. Y significa también aprender a desaparecer. Porque el protagonista de esta historia de servicio no es el diácono permanente. El protagonista es el Señor.
El diácono no está llamado a ocupar un lugar, un espacio, sino a ayudar a que Jesús tenga un lugar en la vida de las personas. Por eso creo que el diaconado permanente pierde su sentido cuando se convierte en una cuestión de protagonismo, de reconocimiento o de espacios. Su grandeza está precisamente en otra cosa, está en servir sin necesidad de ser el centro de nada.
Permitidme solo una anécdota, el ver nuevamente en Misa a un vecino, a un amigo, que lleva años alejado de Dios, ya ha pagado con creces todo lo que mi alma lleva buscando durante tantos años. Ese día me voy a mi casa lleno de alegría y se lo digo a mi mujer… hoy ha estado fulanito en Misa… y lo hablamos y nos alegramos y no podemos nada más que pensar que el Señor se sirve de todas estas cosas.
Una realidad que no siempre se comprende
Sé que todavía hay personas, también algunos sacerdotes, que no terminan de comprender qué aporta un diácono permanente. También sé que existen distintas sensibilidades y que, en algunas parroquias, puede haber dificultades para integrar convenientemente este ministerio en la vida pastoral. Lo he vivido y lo comprendo.
El diaconado permanente no ha formado parte durante siglos de la vida diaria de muchas comunidades. Y cuando aparece una realidad “nueva”, es normal que aparezcan preguntas. ¿Qué hace exactamente un diácono? ¿Cuál es su lugar? ¿Qué diferencia hay entre un diácono y un sacerdote? ¿Hasta dónde llega su ministerio? Pienso que son preguntas legítimas.
El diácono permanente no está para sustituir al sacerdote, ni para competir con él, ni para buscar un espacio propio dentro de la Iglesia. El diácono está para servir. El diácono es ordenado en orden al ministerio, para el servicio del Pueblo de Dios, en comunión con el Obispo y los sacerdotes.
El sacerdote tiene su propia misión y su propio ministerio. El diácono tiene el suyo particular. Y cuando cada uno vive su vocación desde Cristo, no hay competencia, hay complementariedad y esto es una gracia que el Señor nos regala, una gracia que el Señor regala a su Iglesia y que debemos aprovechar.
Personalmente, cuanto más vivo el diaconado, más valoro el ministerio sacerdotal. Y cuanto más conozco la vida de las personas, más comprendo también la importancia de que nuestras parroquias sean verdaderas comunidades donde cada vocación pueda aportar lo que ha recibido del Señor y aquí el laico también tiene mucho que decir.
Uno de los grandes regalos del diaconado permanente es que puede ayudar a la Iglesia a estar presente en lugares donde quizá no siempre llega. El diácono permanente vive normalmente en medio del mundo. Tiene una familia, un trabajo o una trayectoria profesional, vecinos, amigos, relaciones sociales, responsabilidades. Y esa realidad puede convertirse también en un lugar y en una oportunidad para evangelizar. El diácono permanente debe ser un puente. Un puente entre la Iglesia y muchas personas, que quizá no entrarían fácilmente por la puerta de una parroquia y que ahora, como he dicho antes, están entrando. Por esto pienso que el diaconado permanente tiene mucho que aportar en este momento de la historia y de la Iglesia. Puede aportar una presencia cercana, sencilla y cotidiana.
Hay algo que no puedo dejar fuera de este escrito. Y es a mi mujer. Porque yo no vivo el diaconado permanente solo. Cuando fui ordenado, no comenzó únicamente una nueva etapa en mi vida. También comenzó, de alguna manera, una nueva etapa, un nuevo camino, para nosotros dos como matrimonio.
Amalia me acompaña, participa de muchas de las experiencias del ministerio y está a mi lado en los momentos buenos y en los menos buenos. Y tengo que reconocer algo que digo con toda sinceridad, creo que mi mujer es mejor “diácono” que yo.
Lo digo medio en broma, pero también muy en serio. Porque aprendo cada día de ella. De su manera de acercarse a las personas, de escuchar, de comprender, de servir sin hacer ruido. Muchas veces ella ve necesidades que yo no veo. Muchas veces entiende situaciones que a mí se me escapan. Por eso el diaconado permanente me ha enseñado también que la vocación del diácono no puede entenderse al margen de mi familia. Mi mujer no ha recibido la ordenación, eso verdad, pero forma parte de mi vida y camina de mi mano en este ministerio. Y esto para mí, es una alegría.
Cuando me ordené, sabía que comenzaba un nuevo camino. Pero no podía imaginar todo lo que iba a recibir. Estos dieciocho meses me han permitido conocer personas maravillosas, acompañar historias que nunca olvidaré y entrar, con mucho respeto, en momentos muy íntimos de la vida de algunas familias.
He llorado con personas que sufrían. Me he reído con familias que celebraban. He escuchado a jóvenes que buscaban respuestas. He acompañado a novios y matrimonios. He compartido la fe con personas mayores. He llevado la presencia de la Iglesia allí donde se me ha pedido.
Y, sobre todo, he descubierto que cuando uno se entrega al servicio, recibe mucho más de lo que da. Por eso puedo decirlo con toda sencillez, el Señor me ha hecho un regalo enorme. A estas alturas de mi vida, cuando quizá uno piensa que muchas cosas ya están hechas y que quedan menos caminos por recorrer, el Señor me ha abierto uno nuevo. ¡Y qué camino! Un camino que me ha acercado más a Él precisamente porque me ha acercado un poco más a las personas.
No sé qué me queda por vivir como diácono permanente. No sé qué personas pondrá el Señor en mi camino. No sé cuáles serán las alegrías y cuáles las dificultades. Pero sí sé una cosa, quiero seguir viviendo este ministerio desde el servicio, desde la cercanía y sobre todo, desde la humildad.
Y quiero hacerlo junto a mi mujer y mis hijos, junto a mis hermanos diáconos, junto a los sacerdotes con los que comparto la misión y junto a toda la Iglesia. Porque el diaconado permanente no es mío. Es de la Iglesia. Y la “vida” que recibí el día de mi ordenación no es para mí, sino para los demás.
Por todo esto que estoy viviendo solo puedo decir… GRACIAS.
Gracias, Señor, por haberme llamado insistentemente, porque he sido un poco sordo para escuchar. Gracias por mi mujer y mis hijos, que caminan conmigo y de los que tanto aprendo. Gracias por los sacerdotes que me han acompañado y enseñado y me siguen enseñando.
Gracias por las personas que me han abierto las puertas de sus casas y de sus vidas. Gracias por las familias que me han permitido compartir sus alegrías y sus penas. Gracias por los jóvenes que me han enseñado que la fe también puede hacerse preguntas. Y gracias por haberme permitido descubrir, a estas alturas de mi vida, que todavía quedaba por delante una de las experiencias más bonitas que podía imaginar… servir a Dios sirviendo a su pueblo.
Manuel Rico Teba
Diácono Permanente
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